*Dedicado a Ana Laura Gorostiza

En nuestro país, el modo en que incide un ciclo de origen político en la economía nacional, tiene sus bases en cuestiones puramente sociales y netamente irracionales.

He sido testigo del modo en que los gobiernos, y no distingo entre unos y otros, solo me alcanza con decir “gobiernos de turno”, utilizan los ingresos y recursos fiscales en el desarrollo de políticas de gastos o de distribución de recursos entre las clases sociales de medios bajos y bajos recursos. Seguramente Ud. amigo lector se estará preguntando ¿donde están las cuestiones netamente irracionales? Y están más allá del destino de los recursos, la manipulación de la voluntad de voto a cambio de una satisfacción transitoria de las necesidades del receptor.

Existen muchos autores que destacan que el gasto público es un factor relevante de las causas de las fluctuaciones económicas, ya que las autoridades manipulan el gasto según las circunstancias políticas. Volviendo a la irracionalidad, es preciso aclarar que los votantes reaccionan de acuerdo a la situación de la actividad económica, criticando a sus dirigentes en épocas malas o avalándolos en las buenas gestiones.

Estos autores que pregonan la capacidad del gasto público para influir en los ciclos económicos, agregan también que los electores, a la hora de elegir sus candidatos, poseen como variable más importante a la tasa de crecimiento de sus ingresos en los periodos inmediatamente anterior a las elecciones, por lo que la elección se ajusta a las expectativas de corto plazo, a la dirección a la que la economía se orienta y no a la posición de la misma, que es lo que permite elaborar el largo plazo.

Es lógico suponer un Estado que en épocas de recesión, se oriente a la realización de políticas expansivas, reduciendo impuestos, incrementando el gasto público o incrementando la cantidad de dinero mediante la emisión monetaria, para tratar de estabilizar la economía, procurando situar el nivel de actividad más cerca del nivel potencial. Lo que aquí se cuestiona es la utilización del gasto público en pos de los intereses políticos particulares y no el bienestar general a largo plazo.

La crisis del ciclo político es precisamente esta: la ausencia de debate de propuestas, el deterioro de los principios ideológicos en los partidos políticos, la inexistencia de cambios generacionales y el pobre desempeño juvenil en las fuerzas políticas.

Económicamente nos atraviesa un contexto internacional negativo, dado en las crisis recesivas de los grandes países desarrollados, la baja en los precios internacionales de los comodities y una serie de políticas desacertadas estructuralmente, que agregadas a la falta de credibilidad internacional del país, solo importan mayor incertidumbre en los individuos.

Socialmente las políticas de Estado vienen enfrentando fuertemente a diferentes sectores, la inflación deteriora cada vez más el poder adquisitivo por lo que empobrece realmente a los individuos, la incertidumbre de estabilidad laboral obliga a los empleados a trabajar más aun cuando los salarios sean realmente más bajos, todo esto y un par de cosas mas es lo que nos ubica como una sociedad altamente vulnerable y conflictiva.

Cuando me expongo como testigo de la utilización de los recursos públicos, lo hago porque he militado, siempre desde oposición, porque he encontrado en algún candidato propuestas sensatas o simplemente, porque rechazo enérgicamente ciertas políticas populistas, que solo ayudan a deteriorar la calidad cultural e incentivan la interdependencia entre los individuos y el poder político ejecutivo.

Hoy no voy a realizar cita para cerrar este articulo, en el que me invadió la subjetividad personal pero se que “nos debemos un país en serio” y es necesario el compromiso de todos para construirlo.